El día de todos los muertos para todos los vivos

cementerio

Un frío "campo santo" un día cualquiera

Odio ir al cementerio. Es un lugar desagradable, que baja la moral. Y encima con este frío que se cala en los huesos. Cada vez que voy a uno salgo con la misma conclusión: “No quiero participar”(*). No quiero que me tengan expuesto como a un mono de circo para recibir los alagos y  rezos de personas que en vida no me los dieron. No quiero que me entierren en un costoso nicho para “obligar” a que vengan a llorarme todos los 1 de noviembre. No quiero pagar un seguro que “quite” de molestias y de paso un riñón a mis familiares en tan doloroso momento. No quiero que unos tipos de negro intenten aprovecharse de mis desvalidos allegados para llenarse los bolsillos. Eso mismo… me niego a participar en este negocio que, por desgracia, nunca irá a la quiebra y del que por unas u otras cosas es prácticamente imposible escapar. Y para añadir más indignación a mi ya crítica visión del tema, leo y escucho la noticia de que estos carroñeros se quejan de que la crisis también les afecta… ¡¡como si en época de crisis nos resistieramos más a morir!!!. Si es que con los precios que cobran por un sepelio casi estoy pensando en vivir eternamente…

Bueno, voy a dejarlo aquí, porque no quería que este post se convertiera en una crítica contra el inhumanizado mercado funerario (bueno, quizás un poco sí 😛 ). Simplemente pretendo que sea un homenaje a nuestros seres queridos perdidos y sobre todo a nosotros mismos… a todos esos vivos que, aunque no se olvidan nunca de sus muertos, parece que en estas fechas se acuerdan más de ellos.

Como he dicho al principio, no me gustan los cementerios. Y la verdad es que evito pisar uno. Pienso que no se necesita acudir a un lugar determinado ni en una fecha determinada para acordarnos de aquellas personas que echamos en falta. Pero en una fecha así, bien sea por mostrar respeto a mis padres, bien sea por tradición, me siento con la obligación de acudir y “visitar” a mis abuelos.

En esos casos tampoco soy muy protocolario: ni rezo (mi profundo ateismo me lo impide ), ni lloro y canto al más puro estilo gitano. Sólamente me quedo quieto observando. Miro las lápidas de todas aquellas personas y parece que incluso se llega a conocerlas un poco. Es digno de admiración que nos volquemos de esa manera tan extraordinaria en nuestros seres queridos aún incluso sin saber dónde están (y si están). A pesar del lugar y las circunstancias se saltó una sonrisilla al ver sobre una lápida un ramo de rosas rojas atadas con un lazo tricolor de la bandera republicana. ¡¡Ésta señora es republicana hasta en el más allá!!!, le dije a mi padre. Sus familiares ya se habían encargado, con esmero, de recordárnoslo.

Otro ejemplo más cercano lo tengo en mi propia madre y su total entrega a la hora de adecentar el sepulcro de su suegra. Es un verdadero ritual la manera que tiene de limpiar la lápida y de colocar las flores (esta vez artificiales), cuidando hasta el último detalle, como si supiera que mi abuela, mujer de fuerte caracter donde las haya, viniera desde donde esté a regañarla por no tenerle la “cama” bien recogida. Yo sólo la miraba, orgulloso de ella y de su manera de honrar a los caídos en el campo de batalla que es la vida.

Bueno, lo dicho… simplemente desear un merecido descanso a los muertos y una larga y saludable vida a los vivos.

(*) No quiero participar. Alusión al tema de S.A. del disco Ratas y que habla acerca del lucrativo negocio funerario a costa del dolor ajeno.

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~ por albertusko en 2 noviembre 2008.

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